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Año 44 - N° 521 - Octubre 2026

Editorial

Construir mal también cuesta

El problema de la obra pública paraguaya no puede reducirse a cuánto construimos. Tampoco alcanza con discutir presupuestos, kilómetros de rutas, escuelas reparadas o nuevos edificios inaugurados. Hay una pregunta anterior y mucho más incómoda: ¿por qué tantas obras financiadas con dinero público presentan fallas que nunca aceptaríamos en una obra privada?

Cuando una cubierta filtra poco después de ser entregada, un pavimento se deteriora prematuramente, aparecen fisuras, instalaciones dejan de funcionar o deben realizarse reparaciones sobre una construcción prácticamente nueva, algo falló. Y no siempre estamos ante hechos imprevisibles.

Los propios organismos de control llevan años documentando deficiencias de fiscalización, incumplimientos de especificaciones técnicas, materiales inadecuados, cantidades certificadas diferentes de las efectivamente ejecutadas y pagos por trabajos deficientes. No hablamos, por tanto, solamente de una percepción instalada entre profesionales y ciudadanos. Existen antecedentes oficiales que obligan a preguntarnos por qué estas situaciones continúan repitiéndose.

Y aquí aparece la cuestión que quizá resulte más difícil de abordar: la calidad constructiva también es un problema de integridad pública.

Cada guaraní que debía convertirse en hormigón, acero, impermeabilización, espesor de pavimento o control técnico y que no llega efectivamente a la obra termina manifestándose más temprano que tarde . A veces aparece como una fisura. Otras, como una filtración, un desprendimiento o una ruta que dura mucho menos de lo previsto. La Contraloría incluso ha documentado casos en los que el incumplimiento de especificaciones implicó menores costos para el contratista mientras el Estado pagaba por una calidad superior a la efectivamente recibida.

Por eso fiscalizar no puede consistir simplemente en completar formularios y firmar certificados. El fiscal de obra representa los intereses del propietario, y en una obra pública ese propietario somos todos.

Pero existe otra responsabilidad que comienza después de la recepción: mantener. Construimos, inauguramos y demasiadas veces olvidamos. Una escuela, un hospital o una carretera necesitan conservación programada desde el primer día. Sin ella, incluso una obra correctamente ejecutada termina degradándose antes de tiempo.

Y finalmente está la responsabilidad institucional. Detectar irregularidades sirve de poco si las observaciones se acumulan en informes y no producen correcciones, recuperación del patrimonio público y, cuando corresponda, responsabilidades administrativas, civiles o penales.

Paraguay necesita construir más. Pero, sobre todo, necesita dejar de considerar normal tener que reparar mañana aquello que pagamos como nuevo hoy.

La verdadera obra pública no termina con una cinta cortada. Termina muchos años después, cuando aquello que se proyectó, contrató y pagó sigue cumpliendo dignamente la función para la cual fue construido.

 

 

 
 

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